domingo, 20 de diciembre de 2009

Un lugar entre las nubes.

La tormenta de nieve parece que jamás terminará. Pero aquí todo está en calma. La lumbre calienta mis débiles huesos. Mi Majuelo me acaba de traer un martini rojo calentito, con dos aceitunas, cargadito de ginebra como a mí me gusta. Miro por la ventana. Curiosas formas se dibujan en el cristal. Sin darme cuenta dibujo una letra. La borro rápido. Un escalofrío me atrapa. Era una H.

Los recuerdos. La estación de la muerte. Fuimos jóvenes, éramos rebeldes. Yo le amé mucho. Ahora sé que él nunca lo hizo. Sólo fui una más en su larga lista. Otra que exprimió. Robó mi corazón, mis mejores años, mi alegría. Mi flor de primavera que ahora yace enterrada en un bosque frondoso, impenetrable y seco. ¿Cómo pudiste, mal hombre? Me has roto el corazón y me has expulsado de nuestro reino. Esa casa que con amor y verdad construimos, azote de los falsos y de los que se arrastran. Esa mansión libertaria, donde yo sin ser borbona, era tu reina. Ese barco, faro y guía, que sin mí no es nada más que una sombra de lo que un día fue.

El horizonte se pierde al final del blanco manto. Enterraste lo nuestro, lo cubriste de heces malolientes. Diste alas a las alimañas que roían mis pies. Yo estaba ciega, no quería ver. Inventaste falsas guerras para ocultar que era yo la que te estorbaba. La vieja Bilitis, la cabrona, tú otro yo, decías, tú alma gemela.

Ahora sólo quedan, las ganas de llorar al ver que nuestro amor se aleja. Yo podría cuidarte muy bien y no esas zorras que ahora van contigo. Yo te daría mi amor sin rencores. Yo te haría calditos y te los llevaría en un tuper al hospital, todo el día pegada a tu cama. Si no me hubieses hecho tanto daño, no estarías ahora así. El buen dios te ha dado tu castigo, mezquino, que pediste un portátil en tu lecho de muerte, no para escribirme, si no para joderme. Pero tranquilo, que en tu propio pecado llevarás la penitencia. Tienes cerca de tí a alguien que conoces muy bien pero a la que ni siquiera recuerdas. A esa hermana que me obligaste a maldecir sólo para satisfacer tu propio orgullo y tus ansias de aniquilación. Pero esa será ahora la que termine de cavar tu tumba, mal hombre. Luego seré yo la que cierre la tapa y me mee de risa sobre ella.

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