jueves, 16 de julio de 2009

La Ciega, el Mil Polvos y la Puta Enferma.

Interior de la casa.

El Chiri, aún visiblemente contrariado, cruza la puerta que separa los dos mundos. Siente que por fin está donde siempre soñó estar, en el lugar que por cuna le corresponde.

Inspecciona la casa por encima, atento a las cámaras que le siguen. Ha llegado, está en el centro del huracán y los focos le iluminan. Sonríe y se siente tan feliz que una lagrimilla parece asomar en su ojo. Recuerda las morcillas de su madre, la matanza del pueblo, el cerdo desangrándose sobre la tabla y a su prima sonriendo con los morros rojos. Momentos felices que siempre lleva en su cabeza.

Oye voces al fondo del pasillo pero no las identifica. ¿Quién más habrá entrado? Le prometieron que él sería el primero y el último habitante de esa casa. No le gusta que le tomen el pelo, se siente timado, pero se contiene. Llega al final del pasillo y entra en el salón.

Entonces ve el cuadro y su cara se desencaja.

Una tipa en una silla de ruedas, atada a un gotero.

La puta ciega de la edición 9, vestida de enfermera.

Un perro de mierda, raza mil polvos, con el hocico alzado, olisqueando el chirri de la ciega.

La de la silla, con voz dulzona y empalagosa, voz de vieja rancia y falsa, le dice: Soy Karla, la quimio me ha dejado muy cambiada. ¿Quién eres tú?

El puto imbécil de esta historia, piensa el de las gafas, mientras maldice para dentro y piensa en como rebanar el cuello de la puta enferma y en las mil formas de despedazar al puñetero Rufus de los cojones.

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