Un pueblo indefinido de León. Interior. Dos días antes.
Una mujer prepara las últimas cosas antes de emprender el viaje. Una pequeña maleta, sólo con lo necesario. Algunos recuerdos y algún “amuleto”.
Mira la foto antes de guardarla entres sus viejas bragas color carne. Llora y la besa. “H, oh mi H ¿cómo has podido dejarme de lado después de todo lo que yo te he amado y aún te amo?”. Tantos momentos, tanta ternura, tanto aprendido del Gran Hombre, tanto amor incondicional entregado al Gran “H”erudito.
Ya no es tan joven y él buscaba carne fresca. Una nueva aprendiz, cansado y aburrido ya de la pobre y vieja Bilitis. Aquel disco que aún debe sonar en algún rincón de Escorados. Aquellos polvos intelectuales con su barriga aplastando la de ella. Ese olor a sobaquillo bibliotequero, tan de él, tan de lo suyo.
No quiere entrar en otro bucle de los suyos. Comprueba los medicamentos, su orfidal, las gotas para el riego y aquel pequeño marquito con la foto de aquel encuentro de las tres viejas amigas un fin de semana en Madrid. K, M y ella. Buenos tiempos que ahora recuerda con nostalgia una vez que es consciente de que el camino es corto ya.
Secretamente desea poder verlas y estar las tres juntas por última vez.
Cierra la maleta y se despide por última vez de esa casa que huele a mina y a aguardiente.
Presente. Puerta de Guadalix.
La vieja se baja del coche. Lo noche brilla y la multitud vitorea. Ellos saben quien es aunque no la hayan visto nunca. Ella, la gran Bilitis, sonríe y piensa en lo bonito que es todo.
Cómo la aman, coño. Es lógico, porque pocas o ninguna ha habido tan grandes como ella.
Una voz, toma cuerpo entre la muchedumbre y todos se unen en corear el mismo mantra:
“Tres Palos, Tres Palos, Tres Palos”.

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