Aquí estoy, se decía. En medio de la sierra castellana, cual conquistadora en tierra extraña. Dispuesta a demostrar toda la valía y la fuerza de una vasca de pro.
Ahora, en estos momentos en medio del gentío, a la espera de la señal que la invite a cruzar la puerta, miles de recuerdos de agolpan en su linda cabeza. Tantos sinsabores, tanta incomprensión, tanto odio hacia ella, tanta envidia hacia la Más Grande.
Pero también hay recuerdos hermosos que se entremezclan con los más agrios. Retazos de su infancia en el patio del colegio, su amistad con Juan José, los dos jugando al teto. El la llamaba su Carrie y ella sonreía imaginándole a bordo de una nueva Enterprise, pintada con los hermosos colores de la ikurriña. Primero Euskadi, luego el universo, decía él. Y ambos soñaban acaramelados con días de gloria futura.
Luego la vida dio muchas vueltas, se perdió por el camino y sólo en un blog encontró la forma de hacer llegar su luz a los demás. Ella, la más bella. Ella, la más hermosa. Ella la rosa única, salvaje y sin espinas, simpática, afable, sanota, dicharachera, siempre pendiente de hacer el bien y de devolver caricias a cambio de las hostias recibidas. Ella, tan tan tan de Bilbao. Tan perfecta. Tan divina. Tan de cagarse al contemplar tal catálogo de perfecciones reunidas en un solo ser humano.
A veces incluso llegaba a creer que era Jesucristo reencarnado y travestido, enviada a la tierra por el poderoso Señor de la Txapela, para curar el alma de los enfermos y reconducir a las pobres ovejas descarriadas. Quizás por eso dios le había dado sus poderes. Había tardado en controlarlos y eso le había costado muchas lágrimas. Pero todo eso había merecido la pena.
Sumida en sus pensamientos, borracha de gloria, flotando en una nube, apenas fue consciente de la llegada del coche, hasta que este se detuvo y de la puerta salió un hombre joven, de aspecto tosco, mirada huraña y huidiza. Casi un labriego adecentado para la ocasión, asustado como un conejillo, al menos en apariencia.
Con paso torpe se acercó hacia ella mientras la muchedumbre elevaba el tono de sus gritos, desbordada. Y a cada paso que daba, su mirada vacía, iba mutando hacía un gesto irónico que no podía ocultar la satisfacción casi sádica que aquel ansiado encuentro le producía.
- Baskuna mía, por fin te veo. Hay que ver los milagros que hacen las fotos.
- ¿Eres tú? – dijo ella con el rostro desencajado, incapaz de controlar ese pequeño momento de pánico que le había roto todos los esquemas, resquebrajándole su perfecta y estudiada careta.
- Sí, amor, soy yo. Tu Fran. El oscuro objeto de tu deseo.
Y ella, maldiciendo a dios, a Juan José, a la santísima Virgen y al puñetero Papa de Roma, recompuso su rostro a duras penas, mostrando una sonrisa que ella intuía franca y sincera, pero que más parecía un homenaje al difunto Heath Ledger pasado de coca, en medio del rodaje de El Caballero Oscuro.
miércoles, 22 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario