Ya ha trascurrido media hora desde que la vieja llegó a la puerta de la casa. ¿A qué coño esperan?, piensa. Esto es una tomadura de pelo. Y esos imbéciles que ni siquera la han reconocido. A ella, a la co-fundadora y co-ideóloga de la Escora.
Escucha un motor de coche y un payaso, jalea a la multitud para que eleve sus gritos. Parecen borregos, hijos de puta, piensa la vieja. El vehículo se detiene y la puerta se abre y un hombre de mediana edad, con aspecto bonachón se baja. Su cara es un mapa de la felicidad y un rendido homenaje al txakolí. Se acerca a ella y afable, le tiende su mano.
"Hola, soy Txumai. ¿Tú quién eres? ¿De dónde? ¿Muchos nervios? ¿Estás mala? ¿Llevas mucho aquí? ¿Te gustan los chistes? ¿De dónde eres? ¿Por qué estás aquí? ¿Eres Zaragozanica? ¿Eres catalana? ¿De dónde eres? ¿Y esa espumilla que te sale por la boca? ¿Sabes chistes?"
El unineuronal, gruñe la vieja. El engendro. Me ha tocado el gordo en la feria y me lo cambian por el tonto del pueblo.
"Soy Bilitis, de León", contesta seca y cortante.
"¿Bilitis? ¿Dónde escribes? Aivapuesandalahostia... no sé chistes de León. Jo... qué fastidio, espero que no te parezca mal..."
"Cállate, si no tienes nada inteligente que decir, mendrugo".
El noblote vasco se queda helado y no acierta a articular palabra.
Las puertas exteriores de la casa se abren. Bilitis avanza hacía ellas con paso cojo, pero firme.
Txumai, duda y después la sigue, arrastrando su pesada maleta. "Espero que la chistorra no de mucho olor", piensa.
"¿Eres coja? ¿Te duele?"

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