martes, 21 de julio de 2009

Manuel / Raquel.

Un lujoso hotel de Nueva York, hace tres semanas.

- Señorita Karen, la necesitamos. No me voy a andar con rodeos, pero usted es la pieza fundamental de este evento. El dinero no le preocupa a mis jefes. Ponga usted la cifra. La que quiera.

- Que quede claro que no es una cuestión de dinero. A mí me sobra.

- Sí, sí, por supuesto. Lo sabemos. El vil metal sólo es algo testimonial para usted.

- Yo sólo entraría para divertirme y con las garantías suficientes de que mi imagen va a ser cuidada y protegida.

- En eso no tenga usted duda alguna. Si hay una estrella en este invento, alguien nacida para brillar bajo los focos, esa es usted. El resto son paja. Usted es sin lugar a dudas el personaje más importante de la historia. Su carisma, su sensualidad, su erotismo, su bagaje, su trayectoria vital, siempre indomable, siempre brillando en todos los lugares por los que ha pasado…

- Lo sé, soy plenamente consciente de que brillo más que nadie y que ninguno de esos putos tarados me llega a la suela de los zapatos. Sólo quiero que tus jefes lo tengan perfectamente claro.

- Lo tienen. De forma diáfana y cristalina.

- Y quiero un porcentaje de los beneficios. Un 10%.

- Cuente con él.

- Envíame el contrato redactado y si todo está en orden para mis abogados, diles a tus jefes que ya tienen a su estrella.

- Gracias por el honor que nos concede.

Karen cuelga el teléfono, desnuda sobre las sábanas de satén de la lujosa suite. Sonríe y se relame de gustos. De Gatita a Escorada, pasando por aquella divertida jungla. Siempre envidiaron su carisma y su magnetismo… malditas zorras malas. Ahora se morirán de asco cuando la vean brillar bajo los focos, convertida en la estrella rutilante más hermosa del firmamento. Es una leyenda, lo sabe. Es consciente de lo hermosa y maravillosa que es. Su público la espera.

Mira hacía abajo y se contempla desnuda, bellísima, lo mejor y más hermoso de dos mundos.

Sonríe.

Ni siquiera había reparado en lo dura que se le había puesto.

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